Brillaron por su ausencia (II)

Brillaron por su ausencia (II)
Por Jorge V. Ordenes L.
La infanta Carlota Joaquina de Borbón, casada con Juan VI regente de Portugal, refugiada desde 1808 en Rio de Janeiro, quiso convencer a los patriotas blancos y mestizos de la Audiencia de Charcas de las ventajas de reconocerla como soberana interina. Para ello se presentaba como abanderada del liberalismo y del antiguo régimen, de la hegemonía criolla y de la peninsular. Tenía seguidores y el cautivo de Napoleón Bonaparte en Francia, Fernando VII, también tenía los suyos. Carlota reclutó al Presidente de la Audiencia, Ramón García de León y Pizarro.

Sobre lo que aconteció inmediatamente después recurro al historiador argentino Tulio Alperín Donghi que en la treceava edición de su Historia Contemporánea de América Latina (1990) dice que bastó que Pizarro mostrase favorecer a Carlota para que en mayo de 1809: “los oidores, ante el peligro de ser anticipados por sus rivales, prohijaron una junta local. A esta revolución de criollos blancos sigue la revolución mestiza de La Paz, en julio. Ambas son sofocadas por tropas enviadas por los virreyes de Lima y Buenos Aires, y reprimidas con una severidad que antes solía reservarse para rebeldes de más humilde origen“.

Amaneció el 16 de julio en La Paz con el sol radiante de invierno al son de los tañidos de campanas de iglesias que llamaban a la procesión de la Virgen del Carmen. Don Juan Pedro Indaburo, jefe de las milicias reales y participante de la rebelión, había invitado a su casa a militares de confianza en la que su hija les facilitaba armas y algunas vituallas destinadas a entretener en su momento a la tropa. Melchor Jiménez, apostado, avizoraba los cerros para dar, en caso de necesario, el grito de alarma. Arguedas en Fundación de la república dice que Murillo: “Según unos, andaba disfrazado entre los grupos de cholos dispersos en la plaza y se entretenía en verlos bailar, o tomaba parte de la danza y les recodaba su promesa de no fallar en el momento oportuno y, según otros, preparaba armas en ocultos parajes. Luego pasó la procesión sin incidentes y la tropa que normalmente allí había se retiró pausadamente a sus alojamientos aunque un buen número comenzó su hora de libertad que se le daba hasta las siete. A esa hora varios conjurados reunidos en una sala de billar de la esquina de La Merced, entre los que se contaban Murillo, Sagárnaga, Monje, Catacora, Lanza, el cura Medina y otros, salieron rumbo a la plaza. Inmediatamente después Melchor Jiménez, el garitero, tuvo la misión de anular a un guardia y lo hizo, dio la señal con un silbido, y los demás fueron tras las armas y las lograron para luego reducir la resistencia de otros guardias. Hubo tiroteo, cae de muerte el patriota Juan Cordero porque cometió la simpleza de vestirse de guardia realista para hacer mejor las cosas, lo confundieron y lo mataron sus mismos compañeros”.

Trifulca y tiros, gente en la plaza, revuelo de campanas. El gobernador realista Dávila es apresado. Más tiros y muertos. Pero pronto la algazara fue enorme entre vivas a Fernando VII. El obispo, don Remigio de Santa Ana y Ortega, intenta pero no consigue calmar a la gente. Se llamó a cabildo y luego se redactó el Acta de la Independencia en la que entre otras cosas los conjurados declaran y juran defender con su sangre y fortuna la independencia de la patria. El pueblo pidió y se suprimieron las alcabalas de los comestibles y de las manufacturas de los naturales que favorecían enormemente a los indios mercaderes. Arguedas continúa: “pero pronto se presentó el problema del mandato de Murillo y el submandato de Indaburo que resintiéndose dizque no estuvo dispuesto aceptar el mandato de “un mestizo bastardo” como Murillo, y empezaron las rencillas. Con todo, tomó el mando la Junta Tuitiva con Murillo de presidente y él mismo cometió el increíble desliz de fijarse un sueldo de tres mil pesos. Como Jefe de las tropas se nombró al castellano patriota Juan Pedro Indaburo. También se eligieron quince vocales y tres indios ‘de noble estirpe’”.

Para octubre de 1809, Goyoneche a la cabeza de 15.000 hombres se acercaba a La Paz lo que causó confusión, dispersión y paulatino abandono de la causa pese a los esfuerzos de los líderes patriotas; además nunca se contó con las huestes indígenas que en 1781 habían rodeado y martirizado a Sorata y La Paz, lo que nos costó quince años más de colonia. Entre fugas, desacatos, traiciones y decisiones hoy incomprensibles, como la de no fugarse para evitar captura, todos los líderes fueron capturados. Murillo en Zongo. La mayoría de los curas y doctores nombrados eran graduados de Universidad de Chuquisaca y al respecto Arguedas dice: “y aunque los más flaquearon en un momento de su gesto heroico. Todos murieron ejemplarmente en el patíbulo”

Pero nosotros debemos proclamar, en julio de 2009, que la tea que quedó encendida nadie la podrá apagar sea quien sea el que trate de extinguirla sobre todo en La Paz y por extensión en todo el país que nuevamente está amenazado por consignas externas.

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