El frenesí del Palacio Quemado

El frenesí del Palacio Quemado
Por Jorge V. Ordenes L.
El delirio enfurecido de los principales habitantes del Palacio Quemado (P.Q.) se observó en las varias intervenciones televisadas y radiodifundidas que se dieron a conocer más que nunca y en solo días. Se lo buscaron por descuidados, impulsivos y doctrinarios. Las preguntas de los periodistas nacionales e internacionales, que debieron haber sido más penetrantes, jamás fueron respondidas porque el brete en que se metieron los del P.Q. no tenía salida. Si metieron la pata con el decreto más increíble de la historia moderna de Bolivia, se regodearon en no sacarla con las respuestas de tejado que dieron a las preguntas de la prensa que en realidad, insisto, fueron benévolas. Fue un festín, por no decir un miserere, de improvisaciones inermes más que todo increíbles.

Cuando preguntaron al Vicepresidente si iba haber cambios en el Órgano Ejecutivo (Ó.E.) su respuesta fue que el Gobierno gobernaba con el pueblo. La respuesta debió haber sido que sí, que la reacción popular contra el 748 podía causar cambios en el ÓE y otras entidades debilitadas del Estado como YPFB y sus intrincados arreglos con empresas privadas que por lo visto no los tragan ni los tragarán.

Cuando preguntaron a Su excelencia (S.E.) que si seguían las protestas qué iba a hacer él, su respuesta fue que las protestas eran ¡culpa de la empresa privada! Cuando la respuesta quizá debió haber sido que en ese momento no sabía qué iba a hacer porque él había sobreestimado la capacidad de aguante del pueblo. La siguiente pregunta debió haber sido por qué la sobreestimó cuando se suponía que él conocía y era responsable ante por lo menos el 57 por ciento que votó por él. La respuesta relativamente honesta debió haber sido que, en realidad, la desconocía.

Y ahí radica el problema, o sea, honestamente, en no saber y creer a pie juntillas ¡que se sabe! Y, peor, llamar “traidores” a los que supieron y todavía saben.

La verdad es que el costo político de semejante desconocimiento ejercido ante la idiosincrasia boliviana informal y cuasi informal que pulula y que nunca deja de estar al asecho para sacar tajada de donde puede (cosa que el Ó.E. debió haber sabido de antemano y al dedillo) recalcitran varios fracasos rotundos cuyos planteos y solución se hacen urgentes; y aquí sí hay que apartarse de doctrinas de izquierda o de derecha, de gramscismos, chavismos, castrismos y neoliberalismos porque lo que se necesita es (a) el reconocimiento de los fracasos y (b) la urgente necesidad de soluciones prácticas, incluso silenciosas que solo demuestren su valía por los resultados que observen y palpen los bolivianos donde estén. Y (c) persistir en su planteo e intentos de razonable solución.

Desde el 26 de diciembre se ha visto por lo menos cinco fracasos: (1) Que estatizar alocadamente por razones políticas nunca debió haberse hecho y por lo tanto hay que echar marcha atrás como se hizo con el Decreto 748. Desdecirse una vez más no tiene de malo sobre todo cuando el daño crece por la falta de inversión. Si se aumentaron discretamente los pésimos sueldos que tenían los ingenieros de YPFB, también se puede corregir los otros errores. (2) Por supuesto que hay que subir los precios de los carburantes pero escalonadamente. Fue un error creer que los precios podían mantenerse como estaban hace cinco años y como están ahora. El fracaso estuvo en no haber comenzado a ajustarlos hace años. (3) Que Bolivia no continúe siendo la potencia gasífera de hace cinco años, y que solo comenzará a corregirse si se desestatiza de cuajo, y hoy, la inversión, exploración, explotación, mercadeo y distribución incluyendo la exportación de todos los hidrocarburos. (4) La legislación al respecto incluyendo la impositiva en parte va contra la Constitución de Oruro lo cual significa que hay que cambiarla. He ahí el fracaso. Y (5) El control del contrabando es otro fracaso.

La verdad es que en este momento hay que hacer y el que lo dude pide revivir desatinos como el ya famoso 748.

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