La política del garrote

La política del garrote
Por Jorge V. Ordenes L.
Empresarios y ex políticos que sufragaron a favor de la Constitución ilegal de Oruro en La Paz me decían que estaba bien que se hubiese utilizado “el garrote”, a la manera del presidente estadounidense Theodoro Roosevelt (1901 y reelegido en 1904), para asegurar la victoria de la constitución espuria de Oruro hoy Constitución de Bolivia según el voto cuestionado del 25 de enero. Ante el comentario opuesto de que la de Oruro NO puede ser la constitución de Bolivia porque se hizo ilegal y violentamente desde el momento en que docenas de delegados ajenos al Gobierno pedían repetidas veces modificaciones del texto escrito por españoles, y no se les hizo caso (dentro del orden deliberante que a un comienzo se creyó que iba a regir la “Asamblea Constituyente” en Sucre), los referidos empresarios y ex políticos vociferaron que el propósito del Gobierno desde un comienzo había sido que el texto se “aprobase” como estaba o sea “a garrotazo limpio”.

Ante la indagatoria de que si el Gobierno iba a recurrir al decretazo dictatorial, o sea al garroteo, para imponer lo de Oruro, la respuesta fue irónicamente que “no había otra forma”, etc. A la pregunta de que si los vociferantes creían que el anunciado garroteo del Gobierno era consistente con la democracia pluralista, la respuesta fue que la democracia era para servir a la mayoría votante a favor del “cambio”, etc. Así la discusión se tornó circular y por lo tanto a favor de continuar utilizando “el garrote”, tal como el Gobierno lo hizo al financiar las columnas que rodearon la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en septiembre en forma presuntamente pagada en efectivo, anticonstitucional y antidemocrática. Lo de Pando sigue siendo un caso totalmente innecesario y contraproducente desde el punto del vista del oficialismo porque lleva, entre otros destinos, al enjambre del contrabando en camiones hoy ensombrecido por el espectacular acontecer de YPFB que seguramente, por “diplomacia” o lo que sea, no pudo ser traído a cuento ni por la prensa ante Su Excelencia (S.E.) en Moscú y/o París. Esto, además, matizado increíblemente por S.E. al decir en Moscú nada menos que “un indio no se merece esta clase de recibimiento”. Como si el presidente de Bolivia fuera menos que cualquier otro mandatario. ¡Increíble!

Pero veamos. Primero, admitir que el perjudicial “garrote” expansionista de T. Roosevelt en política internacional (que fue de nefastas consecuencias para la América Latina de principios del siglo XX) pueda ser emulado con éxito nada menos que un siglo después por el actual Gobierno de Bolivia en cuestiones de política interna, es simplemente increíble por lo irrelevante, desvirtuado, violento, y por lo tanto inaplicable principalmente porque no todos los bolivianos son tontos ni menos conformistas.

Segundo, la metáfora de T. Roosevelt tuvo y siempre tendrá la contraparte de la benevolente “zanahoria” que sorpresivamente los panegiristas de este Gobierno no conocen o no la han querido practicar sobre todo en, además de la Asamblea Constituyente, las redundantes convocatorias a la negociación con los prefectos del Conalde lo que hace que esos panegiristas empresarios y ex políticos tampoco sepan de ello. Éstos, dicho sea de paso, entre otras cosas buscan volver a la política sin importarles el color de la camiseta. Pese a los anunciados de “cambio”, docenas de políticos antiguos, entre lisonjas y afán de acomodo, vemos que hoy son parte del voto a favor de la constitución de Oruro lo que significa que mientras más se anuncia cambio hacia lo que quiere el presidente Chávez, más quedamos en la bolivianidad política de décadas sin que S.E., y otros, se percaten. Claro, emular es cómodo.

Tercero, lo del “garrote” y la “zanahoria” del altanero y entonces militarmente fuerte estadounidense, ocupante de la zona del Canal de Panamá, nada tiene que ver con el Gobierno del país más atrasado de Sur América, en conflicto interno, con casi media población decididamente opuesta a lo que busca hacer S.E. en prácticamente todo los campos de la actividad política, económica e incluso social. El índice de criminalidad de El Alto posiblemente sea el más alto del país. Para qué hablar de la política exterior incapaz de atraer inversión extranjera (hablar y ofrecer no cuentan) y de la ayuda mal administrada como ocurre con las vergonzosas postergaciones que vienen caracterizando la instalación del taladro venezolano que desde hace costosos meses duerme el sueño de la incompetencia administrativa del Gobierno. Ante esta realidad de inseguridades de toda índole ¿realmente podemos creer que Gazprom de Rusia vaya a invertir miles de millones de dólares en la Bolivia actual? ¿O que podamos blandir “garrote” con éxito idóneo en ninguna parte?

El desgobierno crece y, como diría un socialista boliviano serio en representación de muchos: “soy socialista pero nunca seré partidario de lo que hace este Gobierno esgrimiendo, entre otras cosas mal concebidas, el ‘garrote estadounidense’ en Bolivia”.

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